viernes, 7 de febrero de 2014

Obsesión - Patricia K. Olivera


Llevaba tiempo esperando. Había dedicado su vida a la búsqueda de vida extraterrestre. Desde que era un niño había planificado su vida para ser científico y así indagar en la posibilidad de otro tipo de inteligencia. Era el mejor estudioso en Ufología, un científico de renombre, reconocido en todo el planeta; pero a él no le importaba. Continuaba haciendo su vida de siempre, conectando los instrumentos que algún día le hicieran oír otra voz, otro lenguaje a años luz de la Tierra.
Había tenido tiempo de casarse, formar un hogar y tener hijos; pero nunca se molestó en conocerlos, simplemente estaban ahí, como cosas sin importancia; no sabía de sus vidas, y cuando los miraba los veía como a extraños, de la misma forma que ellos lo veían a él. Cubría sus necesidades elementales de forma mecánica, comer, dormir, ducharse; había perdido hasta la delicadeza, ya ni recordaba la pasión o besar a su esposa cada mañana. En lo único que había emitido opinión de forma enérgica fue en el lugar donde debían vivir, en una chacra en medio del campo donde no existieran luces artificiales que le dificultara su relación con las estrellas. Por ello, con el correr de los años, los hijos abandonaron el hogar, llevándose a su madre y dejándolo solo.
Pero esa noche al fin ocurriría lo tan anhelado. Primero fue solo un zumbido, que luego se transformó en interferencia y en medio de esta, a intervalos, un lenguaje desconocido; difícilmente podía llegar a oírse una frase entera. Salió corriendo a encontrarse con la inmensidad negra sobre su cabeza, todo era silencio, únicamente las estrellas titilaban desde lejos. Volvió al interior de la casa y otra vez el mismo zumbido, la misma interferencia y la voz que poco a poco dejaba oír el mensaje. El científico sonrió de oreja a oreja, sus ojos brillaron, otro sonido comenzó a oírse. Salió, esta vez con tranquilidad. Afuera, un enorme disco plateado levitaba sobre la casa, produciendo un sonido ensordecedor, alumbrando todo con sus luces brillantes y provocando que el viento se desatara. Se cubrió los ojos con el antebrazo para ver mejor y se colocó bajo el haz de luz que provenía del vientre de la nave. Con lentitud, comenzó a quitarse la ropa y, cuando quedó desnudo, siguió con las orejas, la nariz, los ojos y la piel...
Al fin volvería a casa.

Acerca de la autora:
Patricia K. Olivera

No hay comentarios.: