jueves, 6 de septiembre de 2012

Luna - Enrique Anderson Imbert


Jacobo, el niño tonto, solía subirse a la azotea y espiar la vida de los vecinos.
Esa noche de verano el farmacéutico y su señora estaban en el patio, bebiendo un refresco y comiendo una torta, cuando oyeron que el niño andaba por la azotea.
—¡Chist! —cuchicheó el farmacéutico a su mujer—. Ahí está otra vez el tonto. No mires. Debe de estar espiándonos. Le voy a dar una lección. Sígueme la conversación, como si nada...
Entonces, alzando la voz, dijo:
—Esta torta está sabrosísima. Tendrás que guardarla cuando entremos: no sea que alguien se la robe.
—¡Cómo la van a robar! La puerta de la calle está cerrada con llave. Las ventanas, con las persianas apestilladas.
—Y... alguien podría bajar desde la azotea.
—Imposible. No hay escaleras; las paredes del patio son lisas...
—Bueno: te diré un secreto. En noches como esta bastaría que una persona dijera tres veces "tarasá" para que, arrojándose de cabeza, se deslizase por la luz y llegase sano y salvo aquí, agarrase la torta y escalando los rayos de la luna se fuese tan contento. Pero vámonos, que ya es tarde y hay que dormir.
Entraron dejando la torta sobre la mesa y se asomaron por una persiana del dormitorio para ver qué hacía el tonto. Lo que vieron fue que el tonto, después de repetir tres veces "tarasá", se arrojó de cabeza al patio, se deslizó como por un suave tobogán de oro, agarró la torta y con la alegría de un salmón remontó aire arriba y desapareció entre las chimeneas de la azotea.

6 comentarios:

Vera dijo...

Que bello cuento acabo de encontrar a Enrique Anderson y este cuento hace que mis ganas de leerlo aumenten, grax por ponerlo

MARTA ALICIA PEREYRA BUFFAZ dijo...

Siempre me gustó este cuento.

Saluditos.

Sergio Gaut vel Hartman dijo...

Celebro que este cuento, publicado hace casi dos años, despierte el interés de los lectores. Veré si puedo hacerlo aparecer en el tope del blog...

Isabel Garin dijo...

Estaba buscando otro cuento de Anderson Imbert (uno donde las brujas, que viven en humildes ranchos, andan en alpargatas,
y los paisanos tienen el don de volar como si nada...), y me encontré con éste...qué bonito!

Rosa Lía dijo...

maravilloso cuento, con una ternura no tan breve como este cuento
Rosa Lía

Carlos de la Parra dijo...

Un retrato de como deberían ser las cosas.